viernes, 28 de septiembre de 2012

cuentito

Volvía a ese caminito verde, caminaba, pensaba y soñaba.¡No paraba!, el tiempo tomado de mi mano seguía mis pasos. Miraba la arboleda y me distraía, cuando de repente te vi,  escondido entre los pastizales, te vi. Un poco oscuro estabas, curioso me seguías, me contemplabas entre las sombras. Tu mirada era tan penetrante que me inmovilizo en ese instante.

Tus hermosos ojos hacían compose con el ambiente selvático.
Esos ojos estimulaban una sensación de perturbación, mi corazón latía cada vez que te sentía detrás de la maleza. Al principio me asustaba, y con el andar ya me iba enamorando de esas emociones que me provocabas. 

Me decepcionaba cada vez que no te escuchaba, la amargura recorría mis venias, el aire me faltaba – ¡me asfixio!, gritaba- hasta que aparecían los sonidos de ramitas quebradas detrás de mi espalada. ¡Crik! ¡Oh! El ruido que provocaba hormigueos en mi estomago.
Entonces otra vez esos escalofríos comenzaban a recorrer todo mis ser desde las orejas hasta la punta de los pies, -tan sucios por llevar sandalias-. Así, sin levantar la mirada, ansiaba que te asomaras. 

A veces, ya no entendía la diferencia de tu presencia con la ilusión en mi cabeza, y me preocupaba saber si en realidad estabas o ya te habías quedado atrás.

Pare por un momento, y le pedí al tiempo, que mudo y fiel me había acompañado hasta ese momento, que se quedase conmigo a esperarte, pero él con dulce voz me decía: no, no puedo detenerme contigo, tengo que seguir, y vos tampoco podes quedarte a esperar lo desconocido, porque no vas a poder alcanzarme y hay mucho por caminar aun. ¡No se que hacer! – pensaba, porque te amaba, en ese momento te amaba desconocido exótico. Ya no podía vivir sin tu mirada, formaba parte de mi diario andar, indispensable para animarme a seguir caminando. Pensar en la senda sin tu presencia arruinaba mis ganas de seguir, mis ojos se cristalizaban imaginando no volver a tenerte cerca mío, lejano, pero conmigo en fin.

Te necesitaba tanto en ese momento, y no podía decirte cuanto te amaba y cuan sustancial eras en mi vida. Mordiéndome los labios con desasosiego andaba con dudas que no quería que se escapasen de mi interior, las manos me sudaban y la transpiración bailaba en mi cara.  Tome la decisión.

Esperarte, decidir amarte, sin saber que sentías vos, si tus miradas en realidad me pertenecían, si los misterios que descifraba en esos ojos eran consecuencia de mi cuerpo.  Y arriesgarme a que vos también me amaras.

Hoy somos tres en el caminito verde, el tiempo,  vos y yo.


Luna

No hay comentarios: